A Jaime Moya Zúñiga.
Nunca supe muy bien que llevó a mi prima a indagar por el paradero de un supuesto abuelo, el hacer caso a un pelambre de esquina o como ella decía un presentimiento, “si el río suena es porque píedras trae” se dijo más de alguna vez. La verdad nunca tomé en cuenta lo que dijo, quizás porque la abuela había sido una persona muy cercana.
Ella había vivido una vida distinta, en una tierra inóspita de la cual muy poco hablaba. Y ahora que la edad descontaba en su reloj no tenía los cojones para preguntarle si lo que se decía era verdad o no.
El primer hijo de la abuela era adoptado, en realidad era su sobrino, su hermana había sufrido una meningitis que la había transportado a un mundo lleno de fantasmas y visiones que nadie podía entender. Rafael tenía solo un año y medio cuando Beatriz, mi abuela, lo llevó a su casa para criarlo como hijo, en ese tiempo comenzaron a cerrar las salitreras y el trabajoera bastante difícil de conseguir.
Beatriz era una mujer preciosa codiciada por varios hombres que veían en ella la encarnación de la belleza, la fuerza y el coraje para vivir en tierras desérticas.
Sin embargo, era uno quién llevaba la delantera. Alberto, un hombre algo mayor proveniente de una familia italiana que habían llegado a Argentina con las ganas de encontrar algo mejor en estas nuevas tierras, pero, solo encontraron un país, sin muchas expectativas y la orfandad para Alberto que a los trece años cruzó la cordillera para trabajar en el desierto más árido del mundo.
Amante del fútbol y del Génova, equipo del que su padre había sido fundador. Era el pretendiente más serio que tenía Beatriz siempre le decía que juntos podrían hacerle una media verónica a la vida y ser felices entre tanta muerte y miseria.
El otro pretendiente era Arturo, hijo menor del patrón de Beatriz que la seguía a todas partes con el afán de conquistarla. Se escapaba a Iquique a boxear en un gimnasio y ella lo ayudaba para que no fuese descubierto por el padre, era el típico niño travieso y aventurero que a muchas mujeres llama la atención.
Casarse no estaba en sus planes aún, sin embargo, su hermana Joaquina comenzó a empeorar de la enfermedad y, después de dos semanas de agonía falleció. Quedándose definitivamente con Rafael. Sin embargo, una catástrofe llama a otra y, de repente, se vió acorralada por las autoridades que le decían, que soltera no podría adoptar a Rafael aunque lo haya cuidado bien durante el tiempo de enfermedad de Joaquina. Lo pensó varias veces, entregar su vida a un hombre que no amaba no era la solución más acertada pero en fin. Alberto también lo sabía y lo aceptaba de esa manera. Era más importante mantener a la familia unida que preocuparse de los chismes de las viejas en la pulpería.
Por allá, en abril del 38, se casaron, el viejo Alberto, estaba feliz. Creía que el amor emanado por él, podría llegar algún día a Beatriz y cambiar las cosas a su favor.
La tarde del matrimonio quemaba el sol como nunca y los amigos tenían una escusa para celebrar hasta tarde. Además, era día feriado, fin de mes y para muchos era su último día de trabajo antes de emprender su retorno a sus hogares, algo ajados por el polvo, los cambios de temperatura y el nervio de volver a sus lugares de origen.
El cura estaría a las cuatro de la tarde en la iglesia, en la casa estaba todo preparado para la fiesta hasta los músicos de la quinta de doña Cleme habían ofrecido sus servicios gratis, en vista de la ayuda solidaria de este casamiento. En cierta manera todos sabían que Beatriz y Alberto se casaban para que el pequeño no fuese dado en adopción a una familia desconocida por la minoría de edad de Beatriz.
Ella se veía hermosa es su vestido blanco, la juventud, la jovialidad y la gracia de sus 17 años la hacían ver radiante en esas calles de tierra y entre los corredores techados de madera la música se hacía sentir junto al viento en las calaminas de los techos.
Los hombros delgados que tanto gustaban, con un pequeño hueso sobresaliendo su cadera y el pelo enmarañado y húmedo al salir de Cavancha en verano habían producido en Arturo ganas de tenerla a toda costa aunque ahora fuese casada. Él sabía, al igual que todo el mundo, que entre ella y su esposo no existía nada más que una gran amistad.
Arturo seguía boxeando y luchando contra la adversidad, su padre quería fuese doctor, pero él prefería soñar peleando con Estanislao Loayza y con el amor de Beatriz. Siempre que hablaba con ella le sucededía lo mismo el polvo del adobe le molestaba los ojos, lagrima trás lágrima decía que tarde o temprano alguien lo descubriría y de esta manera, no tendría que cumplir los deseos de su padre.
Poco a poco, el joven fue haciéndose del cariño de Beatriz y entre uno de los viajes de sus padres a la capital, vinieron las risas, los abrazos, los besos, las caricias y luego el cuerpo.
Mientras, Alberto buscaba ser padre, el joven aprendíz de boxeador se divertía con su esposa por las tardes.
Cuando fueron descubiertos Beatriz ya tenía dos hijos pequeños con Alberto, el boxeador tuvo que marchar a Santiago a un internado y Beatriz con su marido y los 3 niños marcharon a Iquique a vivir para olvidar. Sin embargo, el viejo Alberto, nunca puso sacar de su cabeza la infidelidad de su pequeñita. Se separaron un par de años después.
Cuando mi prima encontró a Arturo viejo y descontando en su reloj me dijo que nunca se supo si nuestros padres eran hijos del italiano o del boxeador y que sólo mirándonos a los ojos lo podríamos saber. Ella lo vió y supo que él era su abuelo.
Mi prima lo llevó a la ciudad para que lo conociéramos, mi padre no asistió. Mi tío estaba feliz de encontrar a su verdadero padre.
Yo lo ví a los ojos y supe que al menos era mi abuelo biológico. La auréola celeste alrededor de los ojos todos mis hermanos la teníamos cuando niños, luego desapareció.
- Luego cuando viejo reaparece- dijo – habrá que esperar o ¿no?. Me pregunté.
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